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Lo malo de lo bueno

  • Foto del escritor: Concha Estremera
    Concha Estremera
  • 14 feb 2018
  • 3 Min. de lectura

¡Anímate, que él no se merece esas lágrimas!

Yo es que soy súper positivo.

¡Recuerda que lo mejor siempre está por llegar!

Una sonrisa lo puede todo.

Soy una persona muy fuerte.


Pues sí, todo eso está muy bien. Lo hemos dicho, lo hemos oído un montón de veces. Pero mira por donde estas cosas tienen su trampa y a veces, nos hacen más daño que una actitud aparentemente “más negativa”. Voy a poneros unos cuantos ejemplos del lado oscuro de “las cosas buenas”.



Ver siempre el lado bueno de las cosas.

En principio esta actitud no tiene nada de malo, pero con ella pasa como con esto que dicen del vino. Una copita al día dilata las arterias y libera endorfinas. Cuarenta y cinco copas al día dilata las caderas y libera un coma etílico, probablemente. Efectivamente, todo tiene su lado bueno y lo más sano es saber verlo, pero teniendo claro cuál es el lado malo, aceptándolo, afrontándolo y superándolo.


Si nos ha sucedido algo que nos ha dolido o nos ha enfadado, es un error lanzarse directamente a la búsqueda del lado bueno. Tenemos que sentir la emoción adecuada: la tristeza, la ira o la rabia. Y no culparnos por estar mal, porque de esa manera, lo más probable es que ese estado se termine de forma natural y antes de lo que pensamos. Y entonces es cuando podemos (y debemos) ver el lado bueno y aplicar todo lo aprendido.


Lo mejor está por llegar.

Es bonito pensar así. Mantiene la ilusión y las ganas. Tal vez invita a la superación. Lo que pasa es que muchas veces pensamos que lo mejor está por llegar al sofá del salón, mientras vemos la tele en zapatillas. Quizá sea más efectivo modificar esa frase por algo así como “Voy a por lo mejor”, porque eso implica que la acción la vamos a realizar nosotros mismos y no que “lo mejor” un día llame al telefonillo.

Es una trampa que puede hacer que nos conformemos con el presente, que vivamos en una ensoñación. Dile a “lo mejor” que estás a punto de llegar tú.


Yo es que soy muy fuerte.

Pues enhorabuena. Pero es mejor ser muy flexible. Esa actitud de “yo no me tambaleo” a veces hace que escondamos emociones que necesitamos sentir. ¿Qué porras tiene de malo derrumbarse y rendirse por un tiempo? Nada. Hay que recomponerse, tomarse un tiempo, permitirse sentirse herido y derrotado. Reconocer nuestra vulnerabilidad nos hace verdaderamente “fuertes”. Dejar que nos ayuden, reconocer que no podemos… todo eso nos ayuda a crecer. Lo verdaderamente importante es que sepas recuperarte. Una y otra vez, las veces que hagan falta.


Sonreír, siempre sonreír.

No. Siempre, no. Ni se te ocurra. Ir con una sonrisa por delante es estupendo: abre puertas, genera confianza, resulta acogedora. Pero hay que saber cuándo dejar de sonreír, porque es bueno poner límites, decidir hasta dónde dejas entrar con tu sonrisa y no permitir que nadie pase de ahí. La sonrisa es un arma poderosa que hay que usar siempre en defensa propia y no disparar a discreción.


Siempre hay algo que aprender.

Sin duda es una de las grandes cosas de la vida, la cantidad de posibilidades de aprendizaje que nos ofrece. Podemos aprender por observación, por escarmiento o por asistir a cursos y no dejar nunca de hacerlo, pero también es bueno ser consciente de que quedarse en la posición de aprendiz toda la vida es como un síndrome de Diógenes de la sabiduría. Con todo el conocimiento acumulado, estás más que preparado para compartirlo y enseñar a los demás. Escribir un libro o cinco mil tuits. Impartir un curso en el centro cultural del barrio. Hacer un taller-merienda para tu grupo de amigas. Tenemos mucho que aprender también de ti.


Y podría seguir y lo haré. De momento, observa todas tus fortalezas y virtudes y aliméntalas, pero sin que se atiborren.

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